Hipopótamos.
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Salvemos a los hipopótamos

La polémica por la eutanasia de hipopótamos pone en el centro el equilibrio entre conservación, ética y política pública.

Por: Andrés C. Palacio

¿Puede explicarme algún funcionario gubernamental por qué han ordenado esta masacre? ¿Es sólo un error de cálculo, un error que quizás pueda resolver fácilmente nuestra Corte Constitucional, o es que nuestras autoridades ambientales han perdido por completo la cabeza?    

Préstenme atención y les haré cambiar de idea al respecto de este genocidio biológico. Los hipopótamos no suponen para la biodiversidad colombiana una amenaza mayor de la que a lo largo de siglos el propio ser humano ha llevado a cabo impunemente.  

En este caso, si la contaminación orgánica generada por los seres humanos a través de aguas residuales y ductos de alcantarillado sin tratar que van directamente a parar en nuestros afluentes y quebradas es estrepitosamente inferior a la generada por estos “caballos de río” -tal y como le decían los griegos-, entonces aceptó que su eliminación sea totalmente necesaria.  

Hipopótamos.

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Pero, si queda demostrado que la fortuita incorporación de esta especie en nuestros biomas apenas hace muchísimo menos daño que el generado por millones de Homo sapiens sapiens, ¿Qué más da, en este caso, que los hipopótamos establezcan un nuevo hábitat en Sudamérica?  

Nos han querido confundir bajo el argumento de la “especie invasora”, más acaso no recuerdan que bajo la colonización española se dispuso por capricho del hombre en las américas a los caballos, gallinas, cerdos, vacas, burros, perros y un sin número de especies que a lo largo de generaciones vieron en esta tierra su nuevo hogar y jamás se las consideraron invasoras por más que muchas de ellas sí socavaron grandes cantidades de especies nativas que hoy en día se encuentran extintas.  

Andrés C. Palacio.

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Ahora bien, estas adaptaciones de las especies a ambientes que no son los “suyos” por origen, ¿no se producen en muchísimos casos? Y más aún: ¿No es el planeta Tierra, en última instancia, el hábitat de todos los animales, al margen de las fronteras artificiales que han levantado los países?  

En principio, la posibilidad de supervivencia de estos mamíferos en zonas tan lejanas a su pesebre ancestral africano es una primera prueba contundente de que no ofenden a la naturaleza en lo más mínimo.  

Entonces, semejante exterminio estaría claramente en contra de las leyes naturales -y hasta me atrevería a decir que también riñe con no pocos criterios jurisprudenciales emitidos por nuestras Altas Cortes-.  

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En segundo lugar, si ya la naturaleza ha permitido esta proliferación de vida ¿por qué tendría el humano que destruirla tan indiscriminadamente?  

Sospecho que sólo puede obedecer a razones de desviación de responsabilidad ambiental -a lo mejor los hipopótamos sólo han sido un chivo expiatorio- y económicas: 7.200 millones de pesos adjudicados en contratos para eutanasiar a estos animales.  

Pero hay temas más importantes ¿no? Con el paso de las décadas muchos gobiernos ignoraron esta situación.  

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Y no es para menos, el país tiene un sinfín de problemáticas aún sin resolver: la seguridad, el conflicto armado, la desigualdad, la miseria o la sobrepoblación de las cárceles -a propósito de esto último: ¿Cuántos criminales condenados por delitos atroces tendrán mejor derecho de recibir la inyección letal antes que estos animales inocentes? -; por eso, ya es costumbre que los temas medioambientales constituyan la última de las prioridades de nuestros gobiernos de turno.  

Sin duda alguna, esta no fue la decisión más armoniosa, ni mucho menos la más justa. Colombia es un país definido por la abundancia de sus relieves, por la variedad de sus climas y por la vastedad de sus paisajes.  

Poseemos todos los accidentes geográficos y todos los pisos térmicos que existen en el planeta: somos el paraíso predilecto para la explosión de la vida en todas sus formas.  

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Entonces, siendo así ¿no sería muy difícil de creer que en nuestro inmenso territorio no existiera ni el más mínimo resquicio razonablemente apto para permitir la vida silvestre, a manera de santuario protegido y reservado -tal y como ocurre en Tanzania- para nuestros Hippopotamus columbianus? 

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